De miradas, grietas y síndromes de Diógenes: sobre “Efemérides: Fragmentos selectos de la historia reciente de Chile” en el Museo Histórico Nacional.

por Equipo editorial

 R E S E Ñ A


De miradas, grietas y síndromes de Diógenes: sobre “Efemérides: Fragmentos selectos de la historia reciente de Chile” en el Museo Histórico Nacional.


Por Catherina Campillay Covarrubias

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Fotógrafo: Juan César Astudillo / Cortesía: Museo Histórico Nacional
 
 

Por varios meses, las salas que albergan los miles de objetos que llenan las vitrinas del Museo Histórico Nacional se abrirán a decenas de nuevas lecturas en torno a la formación de la memoria del país. Los encargados de esto son un grupo de casi cuarenta artistas contemporáneos chilenos que han sido reunidos en la exposición “Efemérides: Fragmentos selectos de la historia reciente de Chile”, muestra abierta hasta marzo, cuya curatoría a cargo de Cristián Silva nos ofrece un amplio abanico de perspectivas; una mirada al espectro de obras contemporáneas chilenas que abordan diversas problemáticas, como la cuestión del archivo, la construcción de la memoria oficial y de la historia de Chile. Esta última es crucial para entender la exposición, ante la cual se formula una re-lectura que la problematiza, proponiéndose hacer visibles sus matices, quiebres y fisuras. De esta manera, desde dentro de las paredes del edificio patrimonial se abre un espacio para otros relatos que se mueven en diversas direcciones, dándole un nuevo sentido al recorrido cronológico que el visitante no especializado espera encontrar mientras sube las escaleras del edificio, observando “La Fundación de Santiago” de Pedro Lira mirarlo de vuelta.

El recorrido tiene su inicio en la primera planta del edificio, donde se encuentra una sala dedicada exclusivamente a “Efemérides”. Antes que todo, horror vacui. Nos vemos enfrentados a una sala llena de objetos, cuadros colgados, cuerpos curiosos, movimientos en loop y sonidos de ambiente. La primera etapa del viaje, el primer kilómetro: una colección de cosas extrañas y fascinantes que llenan la mirada pasmada de un espectador que, en su última visita al museo, había encontrado allí una colección de vestidos de fiesta de la clase alta capitalina de principios del siglo XX. En vez de eso, hoy se pueden ver huesos pintados, restos de una cazuela conservada en una especie de resina, instrumentos musicales en un aparador, una pala colgando, un cuadro de grandes dimensiones que reproduce un reportaje visual sobre un desastre natural al sur del país, una silla de tortura hecha con electrodomésticos, un aparato que hace dar vueltas en círculos una y otra vez a un zapato viejo, fotografías, grabados, proyecciones. 

Una cantidad enorme de objetos difíciles de descifrar, unos más que otros, escalando por las paredes, abriéndose espacio entre sus pares, reclamando una mirada detenida que no llega. Impera de esta manera una lógica de la acumulación sobre las paredes de la sala, como si fuese el recinto privado de un particular sujeto atormentado por el mal de Diógenes, lo que da como resultado una explosión de obras dispersas frente a las que se necesita un largo tiempo para explorar. Pero, ¿no replica entonces la misma lógica del museo en que se emplaza, cuyas salas repletas de pequeños y grandes objetos intentan dar con el sentido profundo de su devenir anclado en un lugar y en un momento específicos, como si eso les diera un valor que trasciende y merece ser aislado y presentado en un aparador de vidrio? ¿No podría ser entonces el delirio de otro coleccionista compulsivo?

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 Fotógrafo: Juan César Astudillo / Cortesía: Museo Histórico Nacional

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Luego de este espacio enrarecido, extraño a la mirada del que pasea por ahí un día cualquiera, el camino sigue, entrando de lleno en la colección permanente del museo, buscando los fragmentos de memoria que asume como colectiva, de un pasado siempre heroico y de una intachable dignidad. Así se avanza por diferentes estadios que se hacen visibles en las vitrinas, en los objetos, en los cuadros que retratan personas importantes y en las cosas cotidianas de vidas no tan importantes, cuyos nombres no están escritos en ninguna parte. Pero algo sucede en el centro de este paseo por las salas que intentan ser la expresión espacial de unidades de tiempo, un quiebre se genera desde el interior de las paredes.

La aparición de estas obras de artistas chilenos contemporáneos hace surgir un nuevo recorrido, más exactamente, varios nuevos recorridos. Los mismos objetos que se concentraban en aquella primera sala se multiplican, diversifican, trasladan y expanden en contacto con la colección del museo. He aquí entonces el nudo de la exposición, la posibilidad de que el arte haga surgir desde los espacios intersticios del relato museal institucionalizado, nuevas visibilidades, microscópicas o gigantes. Esto crea una red que rompe con las expectativas de quien ingresa a un museo histórico, que pasa de esperar un paseo calmo y pedagógico, a un trayecto sobresaltado, crítico, sin dejar completamente de lado un interés lúdico que llama al visitante a desviar la mirada. Pude escuchar a niños hacer comentarios sobre el cuerpo desnudo en la obra de Alejandra Wolff, conteniendo unas risas; o ver cómo un caballero se detiene mucho rato leyendo los subtítulos del video de Cristián Silva, que va desentrañando las sutilezas y complejidades del lenguaje del pueblo Yagán. La historia de Chile se vuelve una búsqueda del tesoro en la que nuestra mirada empieza a escudriñar cada rincón del edificio para encontrar en él la recompensa. Desde un video sobre la puerta de los baños, hasta la obra de Nury González junto a la placa que conmemora la restauración del edificio patrimonial inscribiendo el nombre del dictador, los espacios se significan a través de decenas de visiones, proyecciones y grietas. El tesoro es un nuevo nudo, una nueva pregunta, una nueva palabra que da vueltas por un par de momentos por la cabeza de alguien. Aunque aquella palabra tenga relación con lo raro e incomprensible que puede ser para muchos el arte contemporáneo.

 

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Fotógrafo: Juan César Astudillo / Cortesía: Museo Histórico Nacional

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Es visible cómo el problema del museo y, en extensión, el de la institucionalidad artística ha sido un nudo constante en el trabajo del arte contemporáneo nacional. Tensión que se ha puesto de manifiesto en exposiciones como “Esto no es un museo” en el MAC de Quinta Normal el año 2013, mostrando una gran cantidad de iniciativas, tanto nacionales como internacionales, cuyo tema principal es la pregunta sobre el arte y el espacio público, tensión que es integrada al espacio museal (leer el texto de Mariairis Flores al respecto aquí). El diálogo constante entre la necesidad del arte contemporáneo de llevarse a cabo dentro de la lógica de la autogestión y su movimiento en los circuitos tradicionales de validación es inevitable, por lo que se vuelve inevitable también estar constantemente atentos a esta relación. En “Efemérides”, los artistas, muchos de ellos de importancia en los circuitos nacionales, irrumpen en un espacio que nunca se había pensado a sí mismo desde un cruce con el arte contemporáneo, no sólo por el alcance temporal específico del museo, sino por la forma en que un museo como en el que se instalan exige una linealidad pedagógica, un relato nacional unificado y unificador.

La institución, sin embargo, se abre a esta iniciativa, dejando entrar estas irrupciones en su espacio, dándoles a los artistas convocados la posibilidad de hacer tambalear las seguridades que constituyen un imaginario o de hacer visibles los recovecos escondidos del relato, que deja de ser unívoco para ser múltiple y complejo. Independiente de si esta pretensión se lleva a cabo de manera plena, o de si el que pasea por estas salas llega a hacer todas estas asociaciones frente a la dispersión de extrañas obras que se le presentan, el gesto del Museo Histórico Nacional es significativo. El hecho de posibilitar una muestra como esta, que se propone increpar al guión del museo a partir de los conceptos que este hace surgir (por ejemplo el de archivo), da cuenta de la necesidad de actualizarse y de que la exposición refuerce “los alcances del museo como un lugar en el que se puedan generar reflexiones transversales”[1]. Sin embargo, esto también se puede leer desconfiando de su motivación primera, leyendo entre líneas la necesidad (siempre un poco desesperada) de atraer a un público que nunca es el suficiente, forzando a los museos a abrirse a todas las posibilidades, incluso si ello significa dejar entrar estas obras que debaten abiertamente sobre el lugar de la institución, tanto como agente de construcción simbólica como lugar siempre en conflicto en su relación con la ciudadanía. 

Una exposición como “Efemérides”, finalmente, brilla por su capacidad de interrumpir el tránsito tradicional del museo, desviar la mirada hacia estos nuevos objetos que rompen con el claro relato que se forma entre retratos de próceres y muebles antiguos. El valor de la colección no es puesto en duda, pero es comprendido desde una forma distinta de leer el archivo y el objeto expuesto, haciendo aparecer nuevas miradas de extrañamiento, con más o menos atención, en un paseo nuevo y que sin embargo se ancla en el pasado, creando una nueva relación con el sentido del tiempo y la propia historia. Es menos pedagógico, y probablemente muchos comentarios sobre “no entender” se realizan día a día entre los visitantes, problema imposible de evitar tomando en cuenta que son más de treinta obras dispersas por el museo de Plaza de Armas, y un visitante promedio no pondrá total atención a los pequeños textos en placas azules que proponen un acercamiento a las intervenciones. Sin embargo esto no afecta su capacidad de subvertir, aunque sea de manera sutil y en momentos casi invisible, la mirada sobre un lugar que se ve a sí mismo como encargado de contener la historia colectiva nacional con las miradas de artistas contemporáneos que hacen aparecer historias siempre otras.


 

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Efemérides: “Fragmentos selectos de la historia reciente de Chile”
Curatoría de Cristián Silva
Desde el 29 de noviembre del 2013 hasta marzo del 2014.
Museo Histórico Nacional, Plaza de Armas 951, Santiago.

 

Artistas: Magdalena Atria, Francisca Benítez, Jorge Cabieses-Valdés, Arturo Cariceo, Paz Castañeda, Claudia del Fierro, Catalina Donoso, Arturo Duclos, Paz Errázuriz, Nicolás Franco, Jorge González Lohse, Nury González, Ignacio Gumucio, Cristóbal Lehyt, Livian Marin, Adolfo Martínez, Carlos Montes de Oca, Marcela Moraga, Felipe Mujica, Mario Navarro & Francisca García, Bernardo Oyarzún, Víctor Pavez, Leonardo Portus, Alejandra Prieto, Sebastián Riffo, Tomás Rivas, Francisca Sánchez, Cristián Silva, Mario Soro, Johanna Unzueta, Ivo Vidal, José Luis Villablanca, Alicia Villareal, Alejandra Wolff y Enrique Zamudio.


 

[1] http://www.museohistoriconacional.cl/Vistas_Publicas/publicNoticias/noticiasPublicDetalle.aspx?idNoticia=44365