quien escribe Me parece sumamente cuestionable alzar lecturas sin leer a los autores de los que se escribe. Leer es la base, el núcleo, la semilla de cualquier intento que deseemos hacer en las letras. Y más aún cuando se trata de filosofía y, específicamente, filosofía del arte. Y con “leer” no me refiero al acto maquinal de seguir la pista a un contenido por entre los surcos de una borrascosa frase que, en conjunto con otros enunciados, alzan el pedregoso contorno de un cerro inescalable. Leer no quiere decir aquí abrir un texto para saber qué dice un autor, identificando sus errores o sus aciertos, la inconsistencia argumentativa o su posible destreza estilística. Todo eso debe ocurrir en la lectura, pero a modo de un chispazo inicial que alumbre por un instante lo que tenemos por leer. Eso es sólo la certeza inicial que, sin embargo, una vez acentados en ella, comienza a derrumbarse con las pisadas que damos para adentrarnos al escrito. Una paradoja sostiene nuestra relación humana con los textos -y, por ende, con la lectura y la escritura-: la soluble certeza de que lo que allí hay -el libro- está por leer y para leer, mas cuando nos fiamos de ello todo se vuelve soluble, y nos sentimos como expulsados, como si el suelo bajo nuestros pies se esfumara y nosotros descendieramos por entre sombras, hacia una cierta incertidumbre respecto de lo que hacemos una vez que hemos comenzado a leer y a escribir. Si ahora vuelven su atención al primer enunciado aquí escrito, seguramente comprenderán que lo que allí decía no era tan simple de comprender. O, al contrario, siendo la obviedad que es, no deja de causar cierto estupor. Y si ahora piensan en Kant como Dioniso, tal como el joven Nietzsche lo pensó, el misterio de la lectura se nos vuelve aún más difícil de asir.


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