En el contundente y acelerado epílogo de “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, Walter Benjamin finaliza el célebre ensayo con la siguiente frase: “Este es el esteticismo de la política que el fascismo propugna. El comunismo le contesta con la politización del arte”. En dos líneas, el autor-productor del texto es capaz de sintetizar una problemática que, a nuestro modo de ver, determina el devenir histórico cultural artístico, del mundo occidental europeo, y, por innegable añadidura, el de la América postcolonial.
Variadas han sido las alusiones a dicho término de ensayo. La que parece saltar a la vista es el reconocimiento de una estetización de la política llevada a cabo por el régimen nacional-socialista alemán, el cual explotó al máximo al pueblo subordinándolo a un “plan común” mediante la utilización de complejos aparatajes mediáticos-estéticos, tendientes a sobrenaturalizar al encargado de dirigir los destinos de la alicaída nación, luego del desastroso saldo negativo, tanto material como humano, arrojado al término de la primera guerra mundial. Se entroniza, de este modo, al tercer Reich, con una ayuda innegable de la imagen tecnificada, para este propósito. Tomando en consideración dicho escenario, no es de extrañar que el reclutamiento militar de la masa masculina, que estuviera en condiciones de sostener en sus brazos un arma y utilizarla, fuera la misma (junto con los eximidos de dicha responsabilidad) que era capaz de observar cómo, a modo de insumos, eran utilizadas cientos de vidas humanas en pro de un fin último el cual se domiciliaba en la reestructuración de la nación alemana, como potencia dirigencial y rectora de la humanidad. Pero no estamos haciendo alusión gratuitamente acá a la devastación de la existencia humana, sino que nos referimos a una mirada anestesiada, que se sitúa de forma casi inconsciente, más allá del dolor, una mirada que es capaz de gozar con el (ahora) espectáculo de su propia devastación, una mirada estetizada en pleno, en donde el dolor ha sido expulsado para abrir paso a una suerte de fuerza fundadora que exime al portador, de algo así como algún rasgo de humanidad. La película La caída puede ejemplificar de un modo adecuado lo que acá se quiere explicar. Ahí la fuerza sustituye el dolor de la madre que, en el bunker, sacrifica a sus propios hijos en pro de “liberarlos” de un mundo en donde no existiría el plan político nacional-socialista, que ellos creían haber instaurado[1]. Luego de esto, el morir es mirado como un gozo, toda vez que en el acto se brinde la vida por el triunfo de la causa, lo que sin duda constituye uno de los ejes principales de lo que Benjamin dio en llamar la estetización de la política.
La contrapartida a este acto acometido por la potencia dirigencial fascista, debe (según Benjamin) ser contestada por el comunismo con la politización del arte. ¿Qué quiere decir con esto el pensador judío-marxista? la verdad es que nunca quedará del todo avizorado. Semejante sentencia no puede sino, derivar en múltiples interpretaciones. Lo que acá se plantea es que dicho pensamiento no estaría apuntando a una izquerdización de las prácticas artísticas, a la panfletización del arte, a la puesta al servicio del arte para fines político-revolucionarios; no, no es eso a lo que el término benjaminiano se refiere (al menos no en su totalidad). Creemos que el concepto aludido, trasciende esas consideraciones, las que, sin duda, son contenidas al tiempo que rebasadas por la contestación comunista al intento de acción fascistoide.
Pensamos que la politización del arte, antes que evidenciarse en su rol colaboracionista con un movimiento político, que se proponga romper con el sistema establecido, antes de abanderizarse y aparecer como comprometido con una causa, antes de reaccionar contra lo establecido, debe preguntarse por su papel en la sociedad y, en los factores que determinan su accionar en la misma. Debe impugnar el origen de los planteamientos que lo constituyen como tal y sobre qué base estos planteamientos señalanel papel que actualmente ocupa.
Politización del arte es más que apoyar al cometido revolucionario de izquierda, al modo como sería entendido por publicistas, expandiendo las virtudes del cambio social; es más que concienciar a la masa productora de su función y fuerza en la sociedad.
Apostamos porque Benjamín dirigía su lucha contra el modelo esteticista burgués, el cual sume al arte en una función meramente ornamental, predisponiendo al espectador a una actitud de contemplación propia de quien se dispone a observar atentamente la creación de una obra artística elaborada por una especie de genio iluminado. No nos referiremos acá a la gran contra-argumentación que pueden sufrir conceptos tales como genialidad, creación, o incluso originalidad; bástenos mostrar el marcado influjo kantiano de dichas concepciones y observar la antigüedad de los mismos ¿Sería posible para nosotros pensar de igual modo, cuando nuestras condiciones de existencia material y tecnológica son abismalmente distintas a las observadas por el pensador alemán, con respecto a la producción artística de su época? La respuesta se insinúa, pensamos, por sí sola.
La lucha benjaminiana es contra la estética moderna, pero al plantear esto ¿no estamos presuponiendo acaso una estética no moderna, premoderna? Precisamente, si la estética hubiera sido siempre como la conocemos, no habría motivo alguno para adjetivarla de moderna. La estética, como la conocemos hoy, traiciona a su origen al determinarse como tal. Sobre esta traición es como se gesta la manera fascista de concebir a la masa, al arte y a la sociedad que contiene a ambas. El fascismo ha operado prolijamente, usufructuando del olvido humano, de un origen fundante del concepto de estética, la aistesis. Pero aistesis dice relación con el enfrentamiento directo del individuo con el objeto, lo que reafirma su corpus sensorial, que, sin duda, viene a conectarlo con el lado animalesco que toda humanización pretende dejar tras suyo. Esta sensualización del cuerpo por obra del sujeto, pero incitada por la visualización del objeto, es lo que recibía el nombre de estética (aistesis), una estética de los sentidos, nada más alejado de nuestra estética moderna, la que pugna por no acercarse siquiera a la fundamentación de su accionar en una transferencialidad sensitiva que pudiera ser gatillada por el objeto al cual pretende interrogar: la obra de arte.
Si hoy en día, un crítico de arte nos manifestara su interés por una obra artística, por el solo hecho de que con ella “le suceden cosas” y se limitara en su escrito a describir las sensaciones que ella produce en él, tal elaboración discursiva nos parecería al menos sospechosa y sumamente reprochable. Lo que habría que buscar, bajo esta lógica de pensamiento es la mayor objetividad posible respecto a lo observado (que al mismo tiempo es el mayor grado se subjetivación que podemos aplicar a eso que atendemos); se nos pide que guardemos nuestras sensaciones respecto de lo que vemos, para, de esta forma, lograr un producto discursivo teórico, lo más desafectado posible. Esa elaborada desafectación, parece pretender que el observador se situé frente a la obra de arte como un ser sin cuerpo, ya que, mientras más asensualizado se evidencia en su discurso respecto de lo que observa, más elevado será el nivel de objetividad requerido para dichos fines. De aquí al clon o la máquina con aspecto humano, creemos reconocer una delgada línea que divide espacio-temporalmente ambos sujetos de enunciación (el “humano” y el maquínico), la cual está siendo recorrida por el espíritu modernista, que parece seguir insistiendo en el planteamiento futurista sobre la metalización del cuerpo como meta por alcanzar.
La politización del arte iría en busca del cuerpo negado por la estetización de la política, en su afán de reconectarlo con lo que anteriormente fue el ser doliente capaz de estremecerse con el dolor humano y no la insensible figura que hoy se erige como concretización de un ideal, posiblemente radicado en el proyecto ilustrado de modernidad.
El arte politizado vendría a recordarnos que las cosas no siempre fueron como ahora las conocemos, viene a mostrar el proceso de a-culturización del término estética que hoy parece fundamentar y contener una variada gama de producciones tanto artísticas como literarias. La politización del arte nos recuerda que el capitalismo fascista y la revolución tecnológica han invertido las relaciones y ordenes sociales a su favor y al mismo tiempo hace patente la ilusión benjaminiana del advenimiento de tiempos mejores, donde la civilización evolucione de verdad, recuperando elementos del pasado, (tan bien representada por la figura del salto del tigre hacia la presa o el objetivo) para que así la masa, junto con expresarse, haga valer sus derechos, posibilitando de este modo un cambio en la forma de relacionarse en torno a la producción de la que son parte fundamental. Insubordinándose contra sus opresores y con ello, irremediablemente contra el capital.
Propuesta de un hombre conscientemente “crudo”, en directa oposición al sujeto “cocidamente” burgués, reconociéndole al estado de “crudeza del ser” la lógica antelación al estado de cocción instaurado por la burguesía.
Es sobre el anteriormente aludido estado de crudeza del ser que el individuo revolucionario debe volver sus pasos, recuperar el cuerpo robado por el esteticismo tecnificado, que aunque actúa como cómplice de esta asensualización del hombre moderno, contiene en sí mismo el germen de su destrucción. Así, el cine es un compendio de avances tecnológicos desde donde este sujeto moderno a-sensualizado puede volver a sentir frente a la obra de arte (film), ya no gracias a la mirada contemplativa, propuesta por el burgués que sanciona y distingue lo artístico de lo común, sino con la mirada distraída propia del ser-no ser (humano) insensibilizado por el progreso que lucha por humanizarse, o mejor dicho, re-humanizarse.
Escrito por Cristóbal Vallejos Fabres.
[1] Aludimos al sacrifico que realiza la esposa de Godel, envenenar a sus hijos y luego suicidarse de la misma forma.
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